miércoles, 17 de mayo de 2017

Las piernas de Marlene Dietrich

Leo una noticia en El Mundo de España de que se habría de subastar en Nueva York una carta de amor que le escribió Ernest Hemingway a Marlene Dietrich. Nada singular, particularmente conforme a lo acostumbrado en ese mundo de la cotidianidad de las subastas de cosas pertenecientes a los famosos. Muchas veces son, sin lugar a dudas, chucherías sin ningún valor intrínseco que no sea el que le brinda el solo hecho de haber pertenecido o tocado a determinada persona y el afán desmesurado de mucha gente por la veneración de lo insólito.
Mas lo que realmente atrajo mi atención no fue la foto de la carta manuscrita de Hemingway, sino la parte de la noticia que informa de que Marlene Dietrich había asegurado sus piernas por un millón de dólares ¡en 1934! después de dejar la Alemania nazi. De inmediato supuse: «¡Debieron ser dos piernas del carajo!», pero al deslizar con el mouse el contenido de la pantalla hacia abajo, me topé con la foto de las dos piernas muy delgadas —para mi gusto, por supuesto— de la Dietrich. Entonces, pensé que, en vez de la carta del autor de El viejo y el mar, lo que debió haberse subastado fue una de las piernas momificada de la Dietrich, del mismo modo que un comerciante de Texas, no hace tanto, puso a la venta el dedo pistolero de Pancho Villa por $9,500. De seguro, los admiradores de las patiflacas habrían pagado mejor esa pierna de la famosa actriz, que lo que habría pagado la compañía aseguradora en 1934 por «su pérdida», si ella hubiera «metido la pata» y se la hubiera atrofiado al punto de que quedara obligada a caminar renqueando por el escenario. Y para que sepan a lo que me refiero, vean más adelante las costosas piernas. Como pueden ver, las que «están del carajo» no son las piernas, sino los que estuvieron dispuestos a pagar por ellas un millón de dólares en 1934.



martes, 4 de abril de 2017

UPR: resistirnos, no resignarnos

Un día, miss María Luisa Rodríguez nos puso a debatir el conflicto de Antígona entre cumplir la Ley del ser humano y la Ley de Dios. Al cabo de un rato, angustiado, le pedí una respuesta. “La respuesta debes buscarla tú mismo —me dijo—. Quizás te convendría estudiar Derecho”. Yo tendría dieciséis años y cursaba mi tercer año.
Fue en ese momento que miss María Luisa sembró en mí la idea de ser abogado, algo que resolvía mi cuestión vocacional, pero que no resolvía el escollo mayor: ¿cómo ser abogado si eso requería ir a la universidad y en mi casa no teníamos recursos económicos para costearle estudios universitarios a nadie? Éramos gente de campo; mi padre era un dependiente de tienda con salario mínimo, y mi madre una ama de casa a cargo de seis hijos.
Llegado el momento, la orientadora escolar me dijo que tenía la probabilidad de ser admitido a estudios universitarios con una beca legislativa. Sin embargo, la beca solamente cubría la matrícula, los libros y una mensualidad para el hospedaje; no los gastos personales. Entonces, mi padre decidió que mi madre también trabajara como dependiente. Así se cubriría lo que la beca no cubría. Y nada para recreo.
Vine a estudiar al Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR) con el sobrecogimiento que sentimos los del campo cuando llegamos por primera vez a la gran ciudad. La disparidad con muchos de mis compañeros de clase era evidente, no solo en el vestir y en el decir, sino en la apreciación de las cosas de la vida. Muchos venían de colegios privados, con las ventajas que eso implicaba; tenían sus propios carros y no tenían que vivir en Santa Rita; sus familias les pagaban apartamentos. El Gobierno me becó y mi madre me enviaba por correo para gastos personales $15 todos los jueves. Con el tiempo pude conseguir un empleo a tiempo parcial. Así transcurrieron mis primeros años universitarios.
Siete años después me graduaba de abogado en la UPR, como me lo había sugerido miss María Luisa. Luego ingresé al servicio público, de donde me jubilé casi treinta años más tarde. He tenido una vida profesional productiva y, a mi modo de ver, le he podido devolver a mi País lo que invirtió en la UPR para mi beneficio. La UPR funcionó en mi caso —como en el de la inmensa mayoría de los estudiantes que han pasado por sus aulas— como mecanismo de nivelación social. Pertenezco a esa generación, a la generación favorecida por el talante visionario de los gestores de un Puerto Rico en desarrollo, fiscalmente sólido, y económicamente confiable.
La inversión del Gobierno en la educación universitaria pública ha sido siempre asunto prioritario, y la UPR, con sus altas y bajas, ha podido brindar una educación universitaria de excelencia. Pese a los escollos que ha tenido que superar, sus profesores se han esforzado y los estudiantes han colaborado para que se mantengan los altos niveles de rendimiento académico. Las grandes contribuciones de nuestra Universidad al desarrollo de las ciencias, el comercio, la agricultura, la industria y las artes en el País son innegables y socialmente imprescindibles.
La UPR es y continuará siendo vía de superación para los puertorriqueños; un afluente principal del desarrollo de Puerto Rico. Nuestra Universidad provee los recursos humanos necesarios para el mejoramiento de los servicios públicos y privados del País, de la calidad de vida del puertorriqueño luchador. La UPR ha permitido que los hijos de los obreros, agricultores y empleados públicos y privados de distintas categorías hayamos podido mejorar la condición económica con respecto de nuestros padres. Sobre todo, los hijos de los pobres hemos podido sumarnos a las filas de los profesionales que hoy servimos con orgullo y dignidad a la sociedad puertorriqueña.
Si la Junta de Control Fiscal no entiende esto, entonces no entiende nada. Por eso debemos resistirnos, no resignarnos.
Publicada en El Nuevo Día, martes, 4 de abril de 2017
http://www.elnuevodia.com/opinion/columnas/uprresistirnosnoresignarnos-columna-2307156/

miércoles, 8 de marzo de 2017

Señal de «rock and roll»

La noticia es que el bebé de una pareja de Utah mostró su lado «rockero» durante un sonograma del vientre de su madre, cuando hizo la señal de «rock and roll», o sea, cuando extendió sus deditos índice y meñique y encogió los otros tres. Cuando el marido notó el extraño gesto, le pidió a la técnica que realizaba la ecografía que volviese a enfocar la mano del bebé y, al ver la imagen, la fotografió con su celular y la compartió gozoso en las redes sociales. Esta es la foto:



No sé de dónde el marido de la embarazada se hizo de la ilusión de que el bebé simplemente quiso hacer la señal del «rock and roll», porque en Yauco, el pueblo de donde vengo, esa señal tiene otro significado que nada tiene que ver con ese género musical. Hecha a otro hombre, esa señal es la de: «¡Eres un cabrón!» (o «un cuernú», si eres de modales más refinados). Es un insulto, un agravio de tal naturaleza que de ordinario suele constituir una invitación a pelear a los puños o, al menos, a un intercambio feroz de recriminaciones y desafíos.
Viniendo de un bebé por nacer —que no puede ser desafiado a liarse a las trompadas con nadie— al ofendido solo le queda echarse a reír de «esa monería», para no tener que suponer que el bebé sabe mejor que él (el marido) quién es su verdadero padre.
Total que si a mí me pasara, lo menos que se me ocurriría pensar es que mi hijo me salió «rockero», sino, por el contrario, que me salió un buen hijo de puta.


martes, 28 de febrero de 2017

«La mitad para cada uno»

Todos tenemos nuestras propias ideas acerca de la justicia, particularmente de la que le impartimos a aquellos a quienes percibimos como responsables de nuestros males inmediatos. Pues resulta que un hombre europeo —la noticia no dice de dónde, pero el video presenta un idioma de un país que no es de lengua romance— decidió cumplir la sentencia de un juez que ordenó que él y su compañera se dividieran los bienes habidos durante su concubinato, es decir, la mitad para cada uno.
El hombre, muy «respetuoso de la ley», se armó de varias herramientas para cortar metal, plástico, tela y madera y procedió a «dividir», literalmente, todos sus bienes. De más está decir que al filo de la sierra y del serrucho eléctrico fue uno por uno y partió por la mitad ante una cámara que lo grababa —para que no lo acusaran después de tratarse de un truco de PhotoShop—la cama, las sillas y taburetes, el televisor led, el tocadiscos, los discos (tanto los de vinilo como los BlueRays), ¡el automóvil!, y hasta un osito de peluche que de seguro representó en otra época el amor que uno sentía por el otro, pero que no sobrevivió al encono que tantas veces se desgaja de esos amores desencajados.
No crean que esa idea me ha parecido nada de genial, sino por el contrario, carente de sentido y, sobre todo, muy vulgar. De hecho, la idea es más vieja que el frío. Aparece en el Antiguo Testamento de donde seguro la tomó. Es el pasaje donde una mujer le roba el hijo recién nacido a la otra en sustitución del suyo muerto. La víctima acude donde el rey Salomón para que le haga justicia y ordene a la otra mujer que le devuelva a su hijo. Entonces Salomón, como no puede determinar cuál de ellas es la verdadera madre, ordena que el niño sea, a filo de espada, dividido en dos y que se le entregue la mitad a cada una. Es célebre el resultado de ese juicio: la verdadera madre, para salvar la vida de su hijo, accede a que se le entregue el niño a la mujer que se lo robó. Y es así cómo Salomón demuestra «su sabiduría» al identificar a la verdadera madre y ordena que se le devuelva el niño.
Pues este «nuevo Salomón» de la sierra y el serrucho optó por esta misma estrategia y decidió ejecutar la sentencia del juez de ese modo inusual dividiendo el caudal «ganancial» no como suele hacerse —los muebles para ti, el carro para mí, la laptop para mí, el televisor para ti, etc.—, sino mediante la división física de cada artículo. El resultado: que destruyó todos los bienes sujetos a división. Como decíamos en el campo: «Ahora ni pa’ mí, ni pa’ naiden». La noticia no dice cómo acabó el asunto, pero mi primo —el que era juez, pues yo de leyes nada sé— me asegura que el hombre va a acabar preso, con una condena en las costillas. Menos mal que podrá desempeñar sus destrezas de handyman en los talleres de la instalación penitenciaria
Y como el juez que lo sentencie no será el Sabio Salomón, no habrá de ordenar que la sentencia sea cortada a la mitad. Tendrá que cumplirla enterita y, además, pagar en metálico el valor de la parte de los bienes destruidos que ella tenía derecho a recibir. Y tiene suerte si no lo condenara a vivir como medio pollito.


jueves, 23 de febrero de 2017

¿Adiós a los hoyos?

No sé si su rostro refleja perplejidad, temor o melancolía porque su foto en la prensa puede prestarse para ilustrar cualquiera de esos tres estados de ánimo. Con el anuncio de hoy, el secretario de Transportación y Obras Públicas, que también dirige la Autoridad de Carreteras, ha puesto a temblar a los hoyos y cráteres que habitan orondos en medio de nuestras carreteras. Al menos eso es lo que él, de seguro, cree. El Gobierno se propone, ha dicho el secretario como quien da una buena noticia esperada por todos desde tiempo inmemorial, repavimentar algunos tramos y reconstruir otros. En otras palabras, que ha llegado el momento de decirle adiós a los hoyos.
Como la noticia también se esparció por radio en la hora pico y de tránsito de poca —y a veces ninguna— velocidad, hubo hoyos que escucharon lo que se suponía fuera para ellos una mala noticia y se echaron a reír. En cualquier otro país de esta parte del mundo, un anuncio como ése los habría puesto a temblar y a conspirar sobre cómo sabotear el trabajo de las brigadas de pavimentación y «bacheo». Pero conociendo ellos cómo trabaja —o no trabaja— el Gobierno con estos asuntos, los hoyos simplemente se pusieron a hacer apuestas entre ellos mismos sobre cuántos años más le tomaría al Departamento cumplir su amenaza de «taparlos».
Y es que a la hora de apostar, las experiencias de los últimos años son las «pistas» más confiables para saber si en efecto habrá de notarse algún progreso en el estado de nuestras carreteras. Como es sabido, aquí ponen un poquito de bitumul para que los conductores nos creamos que algo bueno ha sucedido, y descubrimos un par de semanas después que los hoyos han hecho metástasis y que ahora son más anchos y profundos, y mayores en número, que antes.
La realidad es que los hoyos se mofan de nosotros. En la calle de entrada de mi casa, sin ir más lejos, hay un grupito de hoyos que cada vez que pasamos nos sacan la lengua y se burlan de los residentes de la urbanización. Pero me he dado cuenta y los tengo sentenciados. Por eso, cada vez que entro y salgo de casa les paso el carro por encima. ¡Pa’ que se jodan!


martes, 14 de febrero de 2017

Tarjeta de San Valentín

En un talk show de Televisión Española, cinco mujeres hablan del Día de San Valentín. Cada una tiene su propia versión de lo que esta celebración significa hoy día y aportan sus respectivas opiniones basadas, de seguro, en experiencias propias y ajenas. Las mujeres son de distintas edades, pero predominan entre ellas las «maduritas» y más locuaces.
Me llama la atención la que dice sin tapujos, en un tono más bien airado, que el Día de San Valentín no tiene nada de especial, pues —ahora viene el cliché— «todos los días del año son “días del amor” porque siempre son buenos para amar». Añade algo en que le va mucho de razón: que el Día de San Valentín es, allá en la Madre Patria, una invención de El Corte Inglés. Y para que mis compatriotas sepan a lo que ella se refiere, es como si dijera que, aquí en Puerto Rico, es una invención de Macy’s, Sears o JCPenney, o de cualquiera otra megatienda por departamentos de las muchas que hay en Plaza Las Américas.
Pero la señora es más audaz y dice que es no solo el Día de San Valentín una invención de El Corte Inglés, sino también el Día del Padre ¡y hasta de la Madre! (a los que aquí habría que agregar el Día de la Secretaria y el Día del Jefe). Su queja se aúpa a niveles insospechados cuando dice que, aparte de los regalos de cosas que no necesita, encima tiene que recibir esas tarjetitas compradas a excesivos precios y ponerse a leer los mensajitos prehechos de «Te quiero mamá» y «Felicidades».
Evidentemente para ella, el Día de San Valentín es un fenómeno comercial carente de toda significación emocional al que no debemos darle mayor importancia.
Yo no sé de qué parecer es mi mujer sobre esto del Día de San Valentín. Ella no estaba viendo el programa conmigo. Pero aclaro que como puede ser muy romántica cuando se lo propone —aunque no se trate del 14 de febrero—, por si las moscas, y por aquello de «curarme en salud», la felicito en este día.
Y con esto, ya me economizo la tarjetita y la ira de la señora española.


jueves, 9 de febrero de 2017

Que le hagan una endoscopía

Desde que Donald Trump resultó electo, algunos psicólogos y psiquiatras de todo el mundo se han dedicado a diagnosticar sus perturbaciones narcisistas. De seguro, la naturaleza de sus alucina­ciones han representado un gran reto para hacer un dictamen pericial preciso y habrá quien estime que el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (dsm-5) es insuficiente para comprender cabalmente el comportamiento errático del magnate venido a presidente de Estados Unidos.
Admito que no soy psicólogo ni he leído el manual dsm-5. Pero, por una de esas casualidades de la vida, acabo de leer una noticia y ver un video provenientes de Chennai (anteriormente Madrás), India, que contiene una posible explicación para la conducta errática del presidente Trump. Una mujer de 42 años que llegó a su hogar luego de un día agotador de trabajo, se recostó a descansar, cuando, de repente, sintió como si algún insecto le hubiese entrado por su nariz y comenzó a sentir una extraña sensación de hormigueo. Acudió al hospital y tras una endoscopía nasal, el otorrino descubrió que, situada en la base del cráneo, cerca del cerebro y entre los ojos, la mujer tenía ¡una cucaracha viva!
Luego del «¡Agh!» inicial, no tuve otra que recapacitar: ¡Por fin veía resuelto el enigma del presidente Trump que trae locos a psicólogos y psiquiatras!
Llevo dos horas llamando, sin éxito, al cuadro de la Casa Blanca para sugerirle a alguno de los ayudantes del Presidente que lo lleven al Hospital Walter Reed para que le hagan una endos­copía nasal. A lo mejor, en su caso, encuentran más de una.

sábado, 4 de febrero de 2017

100 libras de cuernos

Cuando leí que la mujer había rebajado cien libras de peso en un año al enterarse de que su marido le era infiel, no me quedó otra que enfadarme con ella. La mujer se había dedicado a comer de más toda su vida al punto de que, con muy baja estatura, llegó a pesar 260 libras a los 22 años de edad. La nota de prensa no aporta gran cosa sobre las circunstancias del caso, pero sí las fotos del «antes» y del «después». La foto de la izquierda muestra a una mujer muy gruesa —¿han visto el cuerpo de una ballena?— inflada de grasa por todas partes. La foto de la derecha, muestra a una mujer delgada, toda curvas —¿han visto a Jennifer López en bikini?— de lo más sexy.
Y para que no me acusen de machista diré que igualmente me hubiera enfadado si la noticia se hubiera referido a un hombre gordo y barrigón que rebajó cien libras cuando se enteró de que su mujer le pegaba cuernos.
Digo que la noticia me produjo enfado porque no fue sino hasta que ella se enteró de las aventuritas del marido que decidió ponerse en «la línea». Ya podía imaginarme al hombre suplicándole que se sirviera menos cantidad de comida a la hora de almorzar o cenar, o que renunciara a algunos postres, o que dejara «el picoteo» entre las comidas, y ella «¡que no, que no te metas conmigo en cuanto a lo que como, no, señor!, ¡que no quiero que me presiones!, ¡que como lo que me dé la gana, coño, y eso no debe importarte!». Y ella —o él, si fuera el caso— jartándose como si la comida se fuera a acabar mañana.
Y para mí eso de rebajar de peso porque tu cónyuge te pegue cuernos, es adelgazar por la razón equivocada. El peso de una persona —sea hombre o sea mujer— es un aspecto importante de la salud física y emocional, seamos casados o solteros, por lo que debemos cuidarnos de engordar o enflaquecer fuera de los límites médicamente recomendados. No debemos ser esclavos de la gula que, para más señas, es uno de los pecados capitales. O sea, que el sobrepeso por exceso de comida no solamente hace daño al cuerpo, sino también al alma y a las relaciones matrimoniales.
Supongo que lo que se ha querido insinuar con esta noticia de la mujer puesta a dieta es que ella, con rebajar, buscaba tener un aspecto sexualmente atractivo para una de dos cosas: o para «recuperar» a la pareja «perdida» o como medio de comunicarle al marido «¡Mira lo que te has perdido ahora, pa que sufras!». (Lo de mejorar la salud, aunque laudable, no parece haber sido la verdadera razón ya que ella verbalizó con toda candidez que se trataba de una respuesta a la infidelidad de él).
Claro, no hay que darle un aplauso de pie al marido tramposo. Pegar cuernos no es un método ingenioso, sino más bien burdo para conseguir que el cónyuge se ponga a dieta. Sin embargo, yo, por si las moscas, llevo tres días haciendo ayuno, push-ups y sentadillas, no vaya a ser que mi mujer, que lleva meses señalándome la panza que he desarrollado y diciéndome que debo rebajarla, haya leído esta noticia y «coja escuela».


lunes, 30 de enero de 2017

22 en 7

Hoy día el que un hombre sea baleado frente a su casa, como acabo de leer en un periódico digital, no debe ser noticia que sorprenda a nadie en Puerto Rico. Pero que el hombre, agricultor para más señas, abandone el mundo de los vivos dejando atrás 42 hijos procreados en siete mujeres, es un hecho insólito, al menos para mí que apenas puedo mantener a dos. No quiero juzgar el caso particular del ser humano objeto de esta noticia, sino aproximarme al hecho genérico, sociológico, de que un hombre se dedique a procrear sin ton ni son.
Y que no me vengan con lo del mandato bíblico del «creced, multiplicaos y poblad la faz de la tierra» porque eso fue pensado como ejercicio de paternidad responsable y no como exhibicionismo machista, y mucho menos como ejercicio de costumbres perrunas. Como están las cosas, una vocación para una reproducción tan prolífica debe conllevar la suficiencia de recursos económicos para la manutención apropiada y oportuna de la prole, sin que tenga la madre que acudir cada rato al tribunal o a Asume para obligarlo a pagar. A lo mejor el hombre de la noticia cumplió bien y fielmente su responsabilidad paterno-filial, no lo dice la noticia, pero la realidad es que el país está atiborrado de algunos a quienes nada importa el bienestar de sus hijos con tal de ellos mismos pasarla bien y poder comer cada día o tener con qué beber, jugar al Pega-3, la Loto o a los caballos. Y cuando se está en esta última categoría, andar por ahí teniendo un hijo en cada esquina es una atrocidad de marca mayor. Podríamos echarlo a chiste, pero no le es.

domingo, 22 de enero de 2017

Los puertorriqueños sefardíes

Ahora resulta que de la época del cautiverio de Babilonia pudiera haber rastros en las alturas de mi pueblo. Leo en la prensa de hoy que un puertorriqueño llegado a rabino, Gary Fernández Mercado, establecido en la península de la Pascua Florida (ee.uu.) ha descubierto que por sus venas corre sangre de judíos sefardíes. Ha identificado casi seis mil apellidos —incluso los suyos— de origen judío-español y judío-portugués en los habitantes actuales de América. Estos vinieron a las tierras descubiertas por Colón en la última década del siglo xv.
Lo que me llama más la atención de la noticia es que el rabino Fernández está embarcado en la tarea de identificar, mediante pruebas de adn, a 20,000 descendientes de estos sefardíes. Y todo porque el gobierno de Israel ha prometido concederles a éstos la ciudadanía israelí, lo cual facilitaría que se cumpliese con la Ley del Retorno o el «Aliyah» a la tierra de Israel. El rabino Fernández es, además, portavoz de Ezra International, una organización con sede en la tierra de leche y miel que procura rescatar a los judíos más pobres dispersos por el mundo, para regresarlos a su país de origen: Israel.
He visto la lista de apellidos que ha publicado el portal del rabino Fernández y he encontrado una inmensa cantidad de ellos muy comunes en Puerto Rico, incluyendo varios de los míos, como son los Sánchez, Martínez, Mercado y Olivera. Con razón mi tío Dimas Serafín siempre dijo que a nosotros, los Martínez del barrio Collores de Yauco, se nos tenía por judíos y nos apodaban «los santos de la ceiba». O sea, que existe la posibilidad de que tuviera razón y mucho más: que los puertorriqueños seamos más judíos de lo que nos imaginamos.
¿Que qué importancia puede tener este asunto? Bueno, pues que ahora que el presidente Donald Trump la tiene cogida con los inmigrantes hispanos y, por consiguiente, ya mismo se le ocurrirá algo que hacer o decir con respecto a los puertorriqueños, tal vez quiera hacernos una prueba obligatoria de adn para establecer nuestra descendencia judía y regresarnos a Israel. Argumentaría que si resultara que somos descendientes de judíos sefardíes, podríamos obtener la ciudadanía israelí y, entonces, en vez de mudarnos para Orlando, podríamos comenzar a ser deportados a Israel.
A lo mejor incluso, nos obligue a pagarnos el pasaje, y le exigirá al gobierno de Netanyahu que nos consiga alojamiento gratuito tipo Plan 8, nos subsidie el pago del agua, la luz y un teléfono celular, nos consiga un plan médico gratis y nos de un chequecito para hacer la compra y pagar el cable. A lo mejor allá existe el Pega 3 y su parentela de juegos de azar, y podría asegurarle a los israelíes que, dada nuestra naturaleza cuasi adictiva al juego, le devolveríamos al fisco hebreo parte de los beneficios recibidos. Igualito que hacemos aquí. Es más, estoy convencido de que Trump diría que no notaremos la diferencia entre la vida que nos damos aquí y la de allá, porque en Israel tampoco nieva. Y tendríamos la ventaja adicional de que no echaríamos de menos el ruido de los disparos a cualquier hora del día o la noche, ni el escenario de los cadáveres desper-digados sobre el pavimento.
Mañana llamo por mi cuenta para eso del adn y saber a qué atenerme.


sábado, 21 de enero de 2017

¡Para que aprendas!

Siempre había creído que a los juegos de baloncesto se iba a ver jugar baloncesto, especialmente si uno de los equipos contendores era el nuestro. Pues acabo de ver en YouTube el fiasco que pasó un joven por utilizar un juego de la Liga Profesional de Baloncesto en España para otra cosa.
En innegable connivencia con alguno de los que tenían que ver con el espectáculo, el arrojado joven hizo que durante el tiempo muerto, a mitad del partido, lo llamaran a él y a su novia al centro de la cancha. Ella creía que los convocaban para alguna competición de tiradas libres al canasto, como suele suceder en este tipo de espectáculo, hasta que nota, asombrada, que el joven se apodera del micrófono, extrae un pequeño estuche del abrigo colocado sobre el tabloncillo y, tras arrodillarse frente a ella —ahora con el estuche abierto mostrando una sortija de compromiso—, le propone matrimonio con palabras inaudibles para los que vemos el video.
Ella sostiene con su mano derecha el balón y con la izquierda hace movimientos de lado a lado que solo pueden interpretarse como su respuesta: «¡No, no, no!». La joven mujer pone rostro de estupor matizado por una sonrisa sosa, indefinida. Luego le da la espalda al novio osado y se retira a pasos moderados del lugar, dejándolo plantado ante la mirada de incredulidad de los miles de espectadores que abarrotan y hacen estruendo en el recinto deportivo.
No sé qué le hizo suponer que ella tenía ganas de casarse con él, o siquiera de casarse. Es más, probablemente ella lo quiere y todas esas cosas, pero no se encuentra preparada. No sabemos si ya eran pareja, es decir, si ya vivían en concubinato y la idea de «legalizar» la unión la asustó, o que «conociendo de antemano el material» ella no estaba en las de escalar esa relación. O sencillamente ella pensó que la decisión de casarse no era algo que debiera tomarse a la ligera y menos entre el bullicio, el alcohol y el ambiente festivo de una cancha de baloncesto. ¿Habría tenido el mismo resultado si la propuesta de matrimonio hubiese sido hecha en una cena para dos, a la luz de un candil aromatizado, mantel y un buen vino tinto? No, no, no. A mí la insensatez y audacia de él no me conmueven. De hecho, no me parecen nada de románticas. Solo me hacen recordar lo que de niño me decían cuando incurría en conducta temeraria: «¡Bueno está que te pase, para que aprendas!».