Un día de los que estuve en España, decidi ir a Alcalá de Henares, donde nació y vivió algún tiempo ˜El caballero de la triste figura» y, al caminar por sus calles, junto a mi mujer, nos sentimos un poco fatigados y decidimos sentarnos. Como el banco era espacioso, dos hombres —uno flaco y espigado y, el otro, gordo y bajito— aparecieron sentados uno a cada lado nuestro. Para mi sorpresa, el escaso de carnes se quiso propasar con mi mujer y comenzó a pasarle la mano sobre la cabeza y alisar su pelo. Tan pronto me di cuenta, no me quedó más remedio que ofrecerle una bofetada justo en el mismo instante en que pasaba un turista que tomó la foto que me hizo llegar al rato. Aquí se las dejo ver. ¿Que qué sucedió después? No lo contaré de momento para no humillarlo.