sábado, 19 de febrero de 2011

¡Uy, qué susto!


Hace unos días que en mi usual zapeo de canales vi una foto enorme —tipo mural— de la cara del juez Fusté en C-Span, junto a un orador de discurso enfático en el podio principal de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Me tomó solo unos instantes darme cuenta de que se trataba del congresista puertorriqueño nacido en Chicago, Luis Gutiérrez, denunciando la deteriorada situación de los derechos civiles en Puerto Rico. Alertó, entre otras cosas, sobre el abuso de la Policía contra los universitarios en huelga y de la orden de encarcelamiento del juez federal, José A. Fusté, contra el presidente del Colegio de Abogados por orientar públicamente a los colegiados en relación con un pleito de clase en el cual el Colegio es parte. Me pareció un discurso de verbo preciso y desengañado.
Al día siguiente, Pedro Pierluissi, Comisionado de Puerto Rico en Washington, respingó. Dijo que solo él —Pierluissi— podía hablar a nombre de Puerto Rico, y que Gutiérrez había ofendido a los puertorriqueños y a la judicatura norteamericana de la isla. Añadió que había sentido tanto coraje que era mejor no encontrarse con Gutiérrez en los pasillos del Congreso y que esperaba que fuera la última vez que éste hiciera una cosa como esa.
Pues, por el cuñado del novio de la prima de la hija de una vecina del Congresista me he enterado de que Gutiérrez no duerme desde entonces, que está tan atemorizado por lo dicho por Pierluissi que se sostiene vivo a base de Imodium, tranquilizantes y caldos de gallina vieja que una señora le envía todos los días, en termos, por FedEx desde Caimito.

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